Las claves para entender la fraternidad universal
Artículo de nuestro consiliario, Gonzalo Gonzalvo Ezquerra
La vida de cada persona es un constante dar y recibir. En los primeros y últimos años, más lo segundo que lo primero (al menos entendido como ayuda material); en esa edad estamos más necesitados. Y las manos son la parte de nuestro cuerpo que mejor expresa ese dar y recibir; tanto el hecho de tender la mano como el de asirse a la del otro.
A Jesús, a lo largo de su vida entre nosotros, le tendieron muchas manos. Las de María, delicadas y cariñosas, para cogerlo en sus brazos y criarlo durante los primeros años. También las manos de José, fuertes y seguras, para llevarlo a Egipto y librarlo de una muerte casi segura. Después, Jesús en Nazaret puso y ofreció las suyas para traer el sustento, a su familia, con sus trabajos de peón.
Cuando sale a los caminos de su Galilea natal, y después de Judea, pasando por Samaría, ayudó y le ayudaron. Un grupo de mujeres le seguía y le apoyaban. Marta, María y Lázaro le abrieron sus brazos y le brindaron su amistad.
Él tendió su mano: a los leprosos, al ciego Bartimeo, a aquella multitud hambrienta, a la viuda de Naín, a una niña para devolverle la vida, a los niños para bendecirlos, a Pedro cuando se hundía… y espectacularmente, a la mujer pecadora para levantarla del barro al que la habían empujado. La mejor expresión de las manos de Jesús de Nazaret son las de aquel samaritano que se acercó al herido tirado en el camino. Con cuidado, le curó y le vendó las heridas. Lo montó en su cabalgadura y lo llevó a una posada.
Esas manos de Jesús reposaron al final, bajado de la cruz y muerto, en las de su madre, María de Nazaret. Para recibir el abrazo, después, ya vivo y resucitado, sus pies, de María Magdalena.
Aceptar que te echen una mano y tender tu mano, es enredarse en la fraternidad universal.
Gonzalo Gonzalvo Ezquerra / Consiliario



